12 nov. 2010

Iconos (Iconografía)

Aunque ya todos lo sabemos, igual no está demás repetirlo: la palabra “icono” proviene del griego “eikon”, que significa imagen.

También tiene una raíz en la lengua copta, en la palabra “eikonigow” . Ambas palabras, en griego y en copto, tienen una pronunciación similar, y mi intención es hablar en particular de los Coptos (pero vamos por parte).


En este caso, voy a referirme a los “iconos” en el sentido estricto de la palabra, es decir, como una pintura hecha sobre una tabla de madera, que puede exponerse en una iglesia (de forma permanente, en lo que se llama “iconostasio”, o en ocasiones de fiestas especiales), o en un altar doméstico. Pero por supuesto, un icono, además de una pintura, puede ser un tallado, o una escultura.


El icono representa una imagen sagrada, una figura religiosa. Por ejemplo, Jesús, la Virgen María, los Santos, o los Apóstoles…


En general se asocia la iconografía cristiana con las Iglesias Ortodoxas (los iconos tienen un lugar preponderante en la vida y culto de la Iglesia Ortodoxa).


El Séptimo Concilio Ecuménico (787) habla de la “veneración” dispensada hacia estas “imágenes sagradas”: no se trata de una adoración, en sentido estricto, sino de su instrumento. El icono dirige la mirada y el espíritu de quien lo está observando hacia su propio modelo, ya sea de forma directa (el “ícono de los íconos”, Cristo), o bien de forma indirecta (si es un santo, por ejemplo).


Un ícono puede utilizarse al servicio del Evangelio, de la sagrada tradición de la Iglesia; forma parte integral de la Liturgia, por lo que la iconografía debería considerarse un verdadero y pleno ministerio. No se trata de un mero recurso artístico. Los iconos son como una "ventana hacia el cielo". El creyente medita sobre la persona representada en el icono, y se supone que intenta imitar su vida, elevando así su vida espiritual. El icono es portador de un inmensa cantidad de sentidos espirituales. El fundamento de la vida cristiana yace en que "el verbo se hizo carne" (Juan, 1:1).


Un poco de Historia


Ya desde tiempos ancestrales, la pintura se conoce como medio sagrado.


Los antiquísimos artistas egipcios eran muy famosos por sus pinturas y tallados. En la tumba del sacerdote Pet Osiris (en Tuna el-Gebel, cerca de Mallawi, en la provincia de Al-Menia, Egipto), se han encontrado bellísimos frescos que representan historias mitológicas (mitológicas para nosotros, desde nuestro punto de vista occidental, pero para ellos, obviamente tenían un carácter sagrado).

Y por otra parte están los complicados diseños tallados y dibujados en los sarcófagos. Las tapas de estos sarcófagos representaban a la perfección la imagen de la persona allí sepultada (que de hecho, casi siempre era el faraón, aunque también hubo personas de la clase “alta” sepultadas dentro de sarcófagos, pero en estos casos sus retratos estaban representados en una tabla de madera).


Los antiguos griegos y romanos tuvieron costumbres similares.

En general, la historiografía data el surgimiento del estilo iconográfico hacia los primeros siglos del Cristianismo. Posiblemente los iconos se popularizaron primero en las casas particulares, y después recién comenzaron a aparecer en los lugares de culto (fines del siglo III de nuestra era). Para los siglos IV y V ya su uso estaba ampliamente extendido.

La aparición de los iconos en la primitiva Iglesia Cristiana tiene su raíz en la particular situación que le tocó vivir en aquella época. Muchos cristianos eran convertidos que venían de culturas paganas, en su mayoría analfabetas. Tenían serias dificultades para entender las prédicas de los sacerdotes, las enseñanzas bíblicas y sus sentidos “espirituales”, etc. De modo tal que la Iglesia tuvo que permitir el uso de pinturas religiosas (íconos), para que con su ayuda visual el pueblo pudiera asimilar de mejor forma las enseñanzas cristianas.


En resumidas cuentas, estas representaciones pictóricas ayudaron a la nueva feligresía a entender a esta nueva religión, y, al mismo tiempo, la ilustraron.


Con la conversión del emperador romano Constantino (307-337) al Cristianismo, la situación cambió radicalmente. El emperador intentó reforzar el triunfo del Cristianismo sobre el paganismo prohibiendo la idolatría. Por ejemplo, en la capital sacaron todas las estatuas de los dioses paganos, y los íconos pasaron a ser objetos de decoración en los edificios estatales.


Aquí cabe mencionar al Patriarca Cirilo I (404-430, llamado también “Kyrillos, el Pilar de la Fe”), 24to Papa copto: permitió que en su patriarcado, y en todas las iglesias de Egipto, se exhibieran libremente los iconos.

En los siglos posteriores al emperador Constantino, los cristianos llegaron a utilizar los iconos en formas que nunca se habían previsto. Los iconos adquirieron un carácter más artístico que devocional.

Pero recordemos que nunca los iconos estuvieron destinados a ser adorados o venerados como algo sagrado en sí mismo. Cuando se reverencia a un icono, hay que entender que no es el icono (o pintura) el ente sagrado, sino la persona o el evento allí representado. La intención es servir como “ventana” hacia el mundo espiritual, como ayuda para contemplar las cuestiones espirituales, como preparación emocional (recogimiento), como un recordatorio de los eventos narrados en la Biblia, la vida de Cristo, de los Santos, etc. Pero jamás un icono es un objeto de culto.

En el siglo VIII surgió un movimiento que impulsó la eliminación de todos los iconos de las iglesias, ya que entendía que estaban siendo adorados como ídolos. Se basaban en un versículo bíblico: "no te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra...No te inclinarás a ellas...” (Exodo 20:4,5) . Este periodo se conoce como la “Controversia Iconoclasta”: una de sus figuras clave fue Lawon el-Esafry, y sus seguidores participaron en la destrucción de miles de iconos.


Es interesante señalar que la “Controversia Iconoclasta” comenzó durante el reinado del emperador León III, en el siglo VIII, y se convirtió en un serio conflicto en la Iglesia. Esto coincidió con las invasiones musulmanas de Siria, Irak, Egipto y Persia. Los lugares sagrados cristianos en Jerusalén cayeron en manos musulmanas. Durante este conflicto los dos teólogos más prominentes que se plantaron en defensa del uso de los íconos en la Iglesia fueron San Juan Damasceno (675-749) y Teodoro el Estudita (759-826) en el Séptimo Concilio Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa de Oriente en el año 787.

El Cristianismo prohibía la adoración de los ídolos, pero no el uso de los iconos, siempre y cuando fuera en el sentido antes explicado.


Veamos un poco las raíces cristianas de la iconografía.


1. Se sabe que el evangelista Lucas, además de médico era un talentoso pintor. Pintó un icono que representaba a la Virgen María llevando al Niño Jesús. Esta imagen posteriormente fue copiada por muchísimas iglesias en todo el mundo. Por otra parte, un historiador llamado Van Celub sostuvo que, en una visita a la Catedral de Alejandría, había encontrado un icono del Arcángel Miguel, que habría sido hecho por el mismísimo Lucas, el Apóstol.


2. Existe una historia sumamente interesante (y bellísima), que se remonta al siglo I de nuestra era. El rey Abagar de Odessa (situado entre los dos ríos, el Tigris y el Éufrates, en la parte oriental de Irak) envió a su mensajero Ananius para pedirle a Jesús que lo visitara. El rey padecía varias enfermedades, y deseaba que Jesús viniera y lo sanara. Y que se quedara a vivir en su reino. Ananius, el mensajero, era también un talentoso artista, e intentó pintar un retrato de Jesús: pero sin embargo, se dice que la gloria y la perfecta apariencia del Señor era tan grande, que no pudo hacerlo. La historia dice que el mensajero volvió al rey con una pieza de tela que tenía la imagen del rostro de Cristo. La imagen del sagrado rostro sanó al rey de todas sus enfermedades, en ausencia del mismo Cristo: la Sagrada Imagen había tenido el poder de sanar al rey.


Esta historia, junto con las dos cartas, aparecen, palabra por palabra, en el libro “Historia de la Iglesia”, del antiguo historiador cristiano Eusebio de Cesarea (264-340).


3. Segunda historia. El evangelista Lucas (Lucas, 8:43) se refiere a una mujer a quien Jesús curó de una hemorragia que sufría ya desde hacía doce años. La mujer había dibujado en la puerta de su casa (en Banias, un poblado cerca de la fuente del río Jordán) una imagen de Cristo, y otra de ella misma yaciendo a sus pies. Esta historia también aparece en el libro de la “Historia de la Iglesia”, de Eusebio de Cesarea (ya mencionado). Eusebio afirma haber visto esta imagen, que todavía existía al momento de su visita en el siglo III.

Cánones estilísticos en el dibujo de los iconos

Como ya había dicho al comienzo, la iconografía se asocia fundamentalmente con la Iglesia Ortodoxa. Allí los íconos tienen un lugar preponderante en la devoción, la liturgia.

Los artistas siempre tuvieron una gran libertad en la expresión, aunque, naturalmente, siempre hubo estrictos cánones en cuanto a la representación de los sagrados rostros.

Para pasar al artículo sobre la Iconografía en la Iglesia Ortodoxa Oriental (con una mención especial de la Iglesia Copta), por favor, hagan click en la sección: Iglesia Cristiana Copta Ortodoxa de Egipto


Fuentes Consultadas:

Diccionario de religiones comparadas / dirigido por S. G. F. Brandon. Madrid : Ediciones Cristiandad, 1975
2 v. ; 24 cm.


Imagen de la cabecera del artículo: Crito Pantocrátor, en la Iglesia de Santa Catalina, Monte Sinaí. Encáustica sobre tabla, de los siglos VI o VII, aproximadamente. En: Wikipedia.en

Imagen de Lucas, el Evangelista: Iglesia.org

11 oct. 2010

Prohibición de Libros Heréticos


“Más poderosos que para la propagación del bien, son los libros para extender el mal; porque el hombre recibe con complacencia todo aquello que halaga sus pasiones, excita sus sentidos, y tiende á librarle de los severos deberes que le impone la religión. La Iglesia, que es custodio de la doctrina católica, no puede ni debe consentir que los fieles se contaminen con la lectura de erróneas teorías, y que la mentira se entronice en su inteligencia, con grande perjuicio de los intereses morales de la sociedad cristiana y de sus individuos; así es que tiene el derecho de prohibir todos aquellos escritos que contengan ideas contrarias al dogma y a las costumbres. Es un medio justo de defensa, a manera del que tienen los individuos y las sociedades para rechazar los ataques exteriores dirigidos contra su existencia; y por eso se ha dicho muy bien que la facultad de prohibir libros heréticos o nocivos a la moral, no es solo un derecho positivo, sino también natural, que por ese motivo ha ejercido desde los primeros tiempos de su existencia”. (Ver bibliografía al pie de página).

En la encíclica “Mirari vos”, emitida por el Papa Gregorio XVI el 15 de agosto de 1832, se hace mención de la inmensa cantidad de disposiciones dictadas con el fin de alertar a los fieles acerca de los funestos efectos que produce la lectura de ciertos libros “malos” (en particular, se refiere a disposiciones del Concilio V de Letrán, de los años 1512 a 1517, y del de Trento, entre 1545 y 1563). En ella, Gregorio XVI afirma lo siguiente:

“ex hac itaque constante ómnium aetatum sollicitudine, qua Semper sancta haec apostolica Sedes, suspectos et noxios libros damnare, et de hominum manibus extorque enixa est, patet luculentissime, quantopere falsa, temeraria, eidemque apostolicae Sedi injuriosa, et fecunda malorum in christiano populo ingentium sit illorum doctrina, qui nedum censuram librorum veluti gravem nimis et onerosam rejiciun, sed eo etiam improbitatis progrediunur, ut eam praedient a recti juris principiis abhoriere, jusque illius decernendae habendaque audeant Ecclesiae denegare”.

El Santo Oficio

El procedimiento normal de la censura de un libro en el Santo Oficio era el siguiente.

Primero el libro llegaba a un censor, que lo leía minuciosamente y luego emitía su censura por escrito, indicando las páginas o los párrafos que consideraba “erróneos”. Después el libro pasaba a un segundo censor, junto con la censura del primero pero sin dar su nombre. Si no había acuerdo entre ambos juicios, se llamaba a un tercer censor.

A continuación, las tres censuras y el libro mismo se enviaban por separado a los Consultores, que se reunían en su respectiva congregación y emitían su opinión al respecto. Ya terminamos, ya terminamos. Todo esto, es decir, las tres censuras, el libro y la opinión de los Consultores, todo, pasaba a los Cardenales, que pronunciaban allí el voto definitivo. Y por fin, toda la documentación llegaba al Sumo Pontífice, quien juzgaba y resolvía de manera “piadosa y de acuerdo con su suprema autoridad”.

El Index

En cuanto al Index, el procedimiento de censura de un libro era similar. Primero un secretario examinaba el libro, después lo hacían dos consultores; si los tres concordaban en sus dictámenes, se remitía a un examen hecho por una persona entendida en la materia que trataba dicho libro. En la escena entraba la Congregación Parva (preparatoria), luego los Cardenales y por último, y definitivamente, el Sumo Pontífice. A todo esto, unos de los consultores asumía “de oficio” la defensa del libro.

En cuanto a los censores, se hace hincapié en las virtudes de “ciencia” e “imparcialidad” que debían tener; se señala que el libro debía ser revisado por “Hombres eminentes en la facultad” que se trataba, se recomendaba la indulgencia en caso de duda (indulgencia entendida como clemencia), etc.

Las reglas tridentinas (en referencia a que fueron dictadas por el Concilio de Trento, celebrado en la ciudad de Trento, o “Tridentum” en latín) concluyen:

“quod si quis libros haereticorum, vel cujusvis auctoris scripta, ob haeresiam vel ob falsi dogmatis suspicionem damnata, atque prohibita legerit sive habuerit, statim in excommunicationis sententiam incurrat. Qui vero libros alio nomine interdictos legerit aut habuerit, juicio episcoporum severe puniatur”.

Todo esto quiere decir que la lectura de los considerados libros prohibidos, heréticos, o escritos por herejes, se condenaba con la pena de “excomunión lactae sententiae”, una pena desde ya gravísima, que pone en evidencia el alcance de este delito: se lo consideraba un abierto desafío a la autoridad de la Iglesia, una violación de sus mandamientos, y que “manifiesta un cierto apego y simpatía a los herejes y entraña el grave peligro de caer en su error. La historia demuestra efectivamente que gran parte de los heresiarcas han incurrido en esta desgracia por la lectura de libros consagrados a su defensa”.

Por eso, el Papa Pio IX, en su Bula “Apostolicae Sedis” conserva la institución de la censura, y sitúa a este delito después del de “herejía”:

Omnes et singulos scienter legentes, sine, auctoritate Sedis Apostolicae, libros eorundem apostatarum et haereticorum haeresim propugnantes, necnon libros cujusvis auctoris pero apostolicas litteras nominatim prohibitos, eosdemque libros retinentes, imprimentes, et quomodolibet defendentes” (apartado número 2, de los reservados especiales).

Como para terminar, ¿qué se hace con un libro prohibido?

Una vez censurado el libro, o aún si no lo estuviera, hay que tener en cuenta estas “sapientísimas normas”: si este maldito libro es “abiertamente contrario a la religión o a las buenas costumbres, no puede leerse sin el permiso de la autoridad competente, pues el buen sentido y el derecho natural imponen la obligación de evitar todas las ocasiones de pecado”. Y de nada sirve aducir experiencia, conocimientos, erudición, “porque nadie por talento que tenga puede sustraerse a las tentaciones que ocasiona la lectura inmoral, sobre todo cuando como generalmente acontece, se presenta al vicio revestido de todas las galas y atractivos de la elocuencia. Y esto es todavía más cierto en asuntos religiosos de suyo complejos y difíciles, para cuya aclaración e inteligencia se necesita un estudio muy detenido, un criterio muy sereno e imparcial, y una suma extraordinaria de conocimientos teológicos que no están al alcance de todos, y especialmente de los legos”.

“Tampoco basta decir que la manera de ser y gobernarse de los pueblos modernos, cuyas constituciones garantizan más o menos la libertad de cultos y de imprenta, ha multiplicado de tal manera las publicaciones antirreligiosas, que no hay apenas norma alguna que sirva de guía, de donde procede el que nadie se cuide hoy de esto, y que todo el mundo lea indistintamente toda clase de escritos, porque la facilidad con que se comete un delito no disminuye su malicia, ni mucho menos autoriza para caer en él”. Fin de cita. ¿Haría falta agregar algo más?

Bibliografía y Fuentes Consultadas

1) Imagen de portada:

Pedro Berruguete. San Domingo presidiendo la quema de libros de los Albigenses. Los libros católicos se levantan de las llamas. Madera, 122 x 83cm., Inv. No. 609, Museo del Prado, Madrid (España).

Se trata de una extensa biblioteca de imágenes, de alta resolución, que cubre más de quinientos museos y otras muchísimas colecciones más. Fundada por Erich Lessing, un excelso fotógrafo, abarca una amplia gama de temas: Bellas Artes, Religión, Historia, Música, Arqueología, Mitología, Arquitectura, Paisajes, Retratos Históricos, y Reportajes. Por favor, no dejen de visitar este sitio web.

2) Bibliografía y fuente citada:

Diccionario de ciencias eclesiásticas : teología y moral .. / por los señores Dr. D. Niceto Alonso Prujo, Dr. D. Juan Perez Angulo. Barcelona : Subirana, 1883-1890 -- Tomo sexto, pp. 441-442

Está en la Biblioteca Mayor de la Universidad Nacional de Córdoba (si hay entre mis lectores algún cordobés, y que desee ir a ver esta colección, son diez tomos "apenas"). No hace falta solicitarlo al bibliotecario, está en la sala de Lectura. Y no se olviden, no hay que guardarlo después, que lo guarde el bibliotecario, mejor. Gracias!!!!!

Otra cosa que quiero resaltar, es la fecha de esta obra: años 1883-1890. Por un lado, parece que esto ya fuera cosa del pasado, pasado pisado. Pero lamentablemente, no todo ha cambiado. Hay sectores ultraconservadores dentro de la Iglesia, que no han cambiado demasiado sus opiniones acerca de los libros. También es cierto que en todas las religiones del mundo pasa exactamente lo mismo, con mayor o menor grado de severidad (severidad o "locura"?). Bueno, acá dejo, porque es un tema arduo. Conozco cierta persona de cierto grupo religioso (que por razones obvias no voy a mencionar), que no acepta de ninguna forma, bajo ninguna circunstancia, ningún tipo de "conocimiento" fuera del "conocimiento divino" (la Biblia): no acepta ninguna forma de ciencia, ni hablemos de libros, nada de educación formal, nada. Consideran una locura la teoría de la evolución, o que son patrañas las investigaciones científicas. Eso sí, cuando les duele una muela, van a un Dentista, un tipo que estudió. Hijo del Demonio!!!!!!!








































11 sept. 2010

Libros de Texto Peligrosos

Millones de estudiantes en todo el mundo van a la escuela. Y muchas de las lecciones que están aprendiendo no solamente son falsas, sino que, también, son peligrosas.



1. Irán




Plan de estudios: Guerra religiosa, roles de género




Materias: Los líderes iraníes pueden haber adoptado los nuevos medios para difundir los mensajes políticos y compartirlos con el mundo, pero en casa el adoctrinamiento todavía empieza en la prensa. Según un estudio, los libros de texto iraníes enseñan a los alumnos de séptimo grado que “todo joven musulmán deben infundir temor en el corazón de los enemigos de Dios y de su pueblo, estando siempre listo para el combate y siendo un hábil tirador”. Los hombres iraníes a los 19 años están obligados, por ley, a brindar un servicio militar de dieciocho meses. La República Islámica, según informes de la Freedom House (año 2008), anima a los estudiantes a abrazar la supremacía islámica y un sistema político desigual en el que “algunos individuos nacen como ciudadanos de primera clase, debido a su identidad, género, y modo de pensamiento”. Las mujeres, por ejemplo, son representadas como “ciudadanas de segunda”, principalmente en las situaciones familiares y en el hogar.




Fuente primaria: “La jihad defensiva incumbe a todos y cada uno, los jóvenes y los ancianos, los hombres y las mujeres, todos, absolutamente todos, deben tomar parte en esta batalla sagrada, luchar con lo mejor de sus capacidades o ayudar a nuestros combatientes” – Texto tomado de un manual islámico de estudios religiosos y culturales, para alumnos de séptimo grado.




2. China




Plan de estudios: Historia alternativa




Materias: Los libros de historia chinos, al igual que la actitud reacia que tiene este país al considerarse como una potencia mundial, están llenos de contradicciones. China, a los ojos de millones de sus estudiantes, es, al mismo tiempo, mansamente inocente e incomparable en el terreno de la potencia militar, modesto y jactancioso. Los libros de texto chinos ignoran la invasión del Tíbet en 1950 y la Guerra Sino-Vietnamita de 1979, lanzada por China en respuesta a la ocupación de Vietnam a Camboya, y enseñan que China solamente ha peleado guerras en defensa propia.




También pasan por alto el “Gran Salto Adelante”, del presidente Mao Tse Tung, entre los años 1958 y 1961, que dio como resultado la hambruna y la muerte de 30 millones de personas.




Un ejemplo del descaro de los libros de texto chinos puede encontrarse en los capítulos sobre la Segunda Guerra Mundial, conocida en algunos manuales como “La Guerra Anti-Japoneses”. La captura de la ciudad de Nanking por parte de los japoneses (hecho que se conoce como la “Masacre de Nanking”, donde más de 300.000 personas fueron asesinadas por las tropas japonesas), está descrita en uno de los manuales chinos como “ el [hecho] más horripilante en la [historia] del mundo”. (Para ser justos, los libros de texto japoneses no son mejores: tienden a morigerarlo, llamándolo “incidente”, “masacre”, o “masacre incidental”).




La versión china de la historia cuenta que Japón fue derrotado en la guerra a causa de la resistencia china, y no por la entrada de los Estados Unidos en dicho conflicto.




Fuente principal: “La razón fundamental de la victoria [en la Segunda Guerra Mundial] fue que el Partido Comunista Chino se convirtió en la potencia central que unió a la nación” –texto tomado de un manual de historia chino de amplio uso.




3. Arabia Saudita




Plan de estudios: Los enemigos de la fe




Materia: A partir de los ataques del 11-S (en los que 15 de los 19 terroristas eran sauditas), el rey Abdullah hizo de la reforma de los libros de texto sauditas, repletos de referencias a los cristianos, comunistas, sionistas, y “no-creyentes occidentales” como enemigos de los musulmanes, una prioridad. Nueve años más tarde, el progreso ha sido bastante lento. En 2006, Riad prometió sacar “todos los pasajes intolerantes”, pero algunas fuentes sostienen que los niños todavía están aprendiendo de libros de texto que promueven el antisemitismo y la jihad. Una vez más, Arabia Saudita ha proclamado que los libros de texto y los programas utilizados tanto en las escuelas del reino como en las fundadas en el exterior “serán completamente revisados a lo largo de los próximos tres años”. Las escuelas sauditas en países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Turquía, también utilizan libros similares.




Fuente primaria: “Complete los espacios en blanco con las palabras adecuadas (Islam, infierno): Toda religión que no sea el ________ es falsa. Aquel que muere fuera del Islam entra en el _________” (Ejercicio tomado de un libro de textos de primer grado).




“Como se cita en Ibn Abbas: los monos son judíos, el pueblo del Sabbath, mientras que los cerdos son cristianos, los infieles de la comunión de Jesús” (Extraído de un libro de texto de octavo grado, sobre monoteísmo y jurisprudencia).




4. Estados Unidos




Plan de estudios: Guerras Culturales 101




Materias:




La Junta Educativa de Texas encendió una tormenta de fuego internacional, la primavera pasada, cuando sus miembros aprobaron un nuevo y controvertido plan de estudios sociales. Las nuevas normas tienen un duro sesgo derechista, defendiendo a ultranza el capitalismo americano y sugiriendo las intenciones religiosas de los padres fundadores.




Algunos de los argumentos más notables se centraron en el lenguaje que rodea al imperialismo norteamericano (conocido ahora como “expansionismo”) y la pionera del control de la natalidad, Margaret Sanger, como una promotora de la “eugenesia”, y una enmienda para los educadores respecto a que los estudiantes sean instruidos para “describir las causas y las organizaciones e individuos clave de la resurgencia conservadora de [las décadas de] 1980 y 1990, incluyendo a Phyillis Schlafly, el Contrato con América, la Fundación Heritage, la Mayoría Moral y la Asociación Nacional del Rifle”.




La Junta incluso recomendaba que Thomas Jefferson, creador de la expresión “separación de la Iglesia y el Estado”, fuera excluido de una lista de pensadores del mundo que inspiraron las revoluciones de la era de la Ilustración. Y, en un saludo para los Demócratas, “la impugnación de Bill Clinton” se uniría al caso Watergate en lecciones sobre “escándalos políticos”.




Los estándares curriculares son revisados cada diez años y sirven como un modelo para los editores de libros de texto. Los 4.8 millones de estudiantes de escuelas públicas de Texas convierten a este estado en uno de los mayores mercados de libros de texto, y en un factor determinante de lo que el resto de los escolares del país va a estudiar, porque los editores nacionales a menudo adaptan sus textos a los estándares de Texas.




Fuente primaria: El nuevo plan de estudios todavía no ha repercutido en los libros de texto, pero se espera que tengan un aspecto ligeramente diferente. La revista Newsweek recientemente publicó unos nuevos ejercicios de estudio que el Consejo de Educación de Texas, muy probablemente, adoptará:




“Explique cómo el rechazo de los árabes hacia el Estado de Israel ha llevado a un conflicto en curso”. Y “evalúe los esfuerzos de las organizaciones globales para socavar la soberanía de los Estados Unidos”.




5. Rusia




Plan de estudios: El compañero Stalin




Materias: No debe ser fácil darle un giro positivo a Stalin, bajo cuyo liderazgo murieron más de 20 millones de rusos. Pero esto es lo que están intentando hoy en Rusia. Animados por un salvaje entusiasta y antiguo agente de la KGB, Vladimir Putin, el plan de estudios del país está empeñándose en un proceso de “re-estalinización” llamado “historia positiva”. Aleksandr Filippov, autor de nuevo libro de texto aprobado por el Kremlin, declaró en el periódico Times: “No está bien escribir un libro de texto que va a llenar a los niños que lo lean del horror y el disgusto acerca de su pasado y el de su pueblo”.




Su libro dedica 83 páginas a los planes de industrialización de Joseph Stalin, pero solamente un párrafo a la Gran Hambruna de 1932 a 1933, en donde millones de personas murieron de hambre como resultado de una política agrícola con serias fallas. El libro también minimiza el rol desempeñado por los aliados de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, diciendo que “ellos mismos se limitaron principalmente a suministrar armas, materiales y provisiones a la URSS”.




Fuente primaria: “[Stalin] actuó de forma completamente racional –como el guardián de un sistema, como apoyo consistente de la reconfiguración del país en un estado industrializado” (Párrafo tomado de “A History of Russia, 1900-1945”)




Fuente: The World's Worst Textbooks / by Suzanne Merkelson
Foreign Policy (september 7, 2010)

6 ago. 2010

Latín Eclesiástico (2)

Contribución de San Jerónimo

Después de los escritores africanos, ningún otro autor tuvo la misma influencia en la construcción del Latín Eclesiástico que San Jerónimo. Su aporte se desarrolló principalmente en la línea del Latín literario.

De su maestro, Donatus, había recibido una instrucción gramática que lo convirtió en uno de los Padres más erudito y literario. Siempre mantuvo su amor por la correcta dicción, y una atracción por Cicerón. Apreciaba tanto la buena escritura que se indignaba cuando le acusaban de solecismo; la mitad de las palabras que emplea son tomadas de Cicerón, y se estima que además de utilizar, cuando la ocasión lo exigía, palabras introducidas por escritores anteriores, él mismo es responsable de trescientas cincuenta palabras nuevas en el vocabulario del Latín Eclesiástico; pero sin embargo, de estas, apenas nueve o diez pueden considerarse correctamente como barbarismos en cuanto a que no se ajustan a las leyes generales de los derivados del Latín. “El resto”, dice Goelzer, “se creó mediante el empleo de sufijos comunes, y estaba en armonía con el genio del lenguaje”.

Son todas palabras creadas correctamente, y muy útiles: expresan en su mayoría las cualidades abstractas que necesitaba la religión cristiana y que hasta ese momento no existían en la lengua latina, por ejemplo clericatus, impoenitentia, deitas, dualitas, glorificatio, corruptrix. A veces, también, para satisfacer nuevas necesidades, San Jerónimo les da nuevos significados a viejas palabras: “conditor”, creador, “redemptor”, salvador del mundo, “predestinatio”, “communio”, etc.

Aparte del enriquecimiento del léxico, San Jerónimo le brindó al Latín un servicio no menos importante con su edición de la Vulgata. Ya si hubiera hecho su traducción directamente del texto original, o si la hubiera adaptado de traducciones anteriores después de corregirlas, redujo bastante la autoridad de varias versiones populares que podían resultar perjudiciales para la corrección de la lengua de la Iglesia.

Por este mismo acto, popularizó una cantidad de hebraísmos y modos de expresión – vir desideriorum, filii iniquitatis, hortus voluptatis, inferiores a Daniele (inferior a Daniel)- que completaron la conformación de la particular fisonomía del Latín Eclesiástico.

Después de la época de San Jerónimo, puede decirse que el Latín Eclesiástico ya estaba formado en su totalidad. Si trazamos las distintas etapas del proceso de su producción, encontramos:

1. Que los ritos e instituciones eclesiásticas primero se conocieron por nombres griegos, y que los primeros escritores cristianos en lengua latina tomaron esas palabras consagradas por el uso y las introdujeron en sus obras, ya sea in toto (por ejemplo, angelus, apostolus, ecclesia, evangelium, clerus, episcopus, martir), o bien traduciéndolas (por ejemplo, verbum, persona, testamentum, gentilis). Incluso a veces sucedía que palabras incorporadas fueron reemplazadas después por traducciones (por ejemplo, chrisma por donum, hypostasis por substantia o persona, exomologesis por confessio, synodus por concilium).

2. Se crearon palabras latinas a partir de derivaciones de palabras ya existentes en Latín o en griego, agregando sufijos o prefijos, o combinando dos o más palabras juntas (por ejemplo, evangelizare, Incarnatio, consubstantialis, idolatria).

3. En ocasiones, palabras que tienen un significado secular o profano se emplean sin ninguna modificación pero en un nuevo sentido (por ejemplo, fidelis, depositio, scriptura, sacramentum, resurgere, etc.). Con respecto a sus elementos, el Latín Eclesiástico consiste en un Latín hablado (sermo cotidianus) plagado de una cantidad de palabras griegas, unas pocas frases primitivas, algunas adiciones nuevas y normales, y, finalmente, varios significados nuevos principalmente a partir de nuevos desarrollos o por analogía.

Con la excepción de algunas expresiones hebraicas o helenistas, popularizadas a través de las traducciones de la Biblia, las particularidades gramaticales que se ven en el Latín Eclesiástico no deben adjudicarse al Cristianismo; son el resultado de una evolución a través de la cual pasó el lenguaje común, y que se encontró también con los escritores no-cristianos.

Por lo general, la agitación religiosa que estaba matizando todas las creencias y costumbres del mundo Occidental no alteró tanto al lenguaje como se hubiera esperado. Los escritores cristianos preservaron el Latín literario de sus días como base de su propio lenguaje, y si le agregaron ciertos neologismos no hay que olvidar que los escritores clásicos, Cicerón, Lucrecio, Séneca, antes ya habían expresado sus lamentos por la pobreza del Latín para expresar ideas filosóficas, sentando el ejemplo de palabras acuñadas. ¿Por qué los escritores posteriores habrían de dudar en decir “annunciatio”, “incarnatio”, “predestinatio”, cuando Cicerón ya había dicho “monitio”, “debitio”, “prohibitio”, y Livio “coercitio”? palabras como “deitas”, “nativitas”, “trinitas”, no son más extrañas que “autumnitas”, “olivitas”, acuñadas por Varrón, y “plebitas”, utilizada Catón el Mayor.

Desarrollo en la liturgia

Apenas se hubo formado, el Latín de la Iglesia experimentó el shock de las invasiones de los bárbaros y la caída del Imperio de Occidente; fue este un shock que le dio el golpe de gracia tanto al Latín literario como al Latín del habla cotidiana, en el que la Iglesia estaba creciendo fuertemente. Ambos tipos de lengua experimentaron una serie de cambios que los transformaron por completo.

El Latín literario se corrompió cada vez más; el Latín popular evolucionó hacia las diversas lenguas romances en el Sur, mientras que en el Norte le dio paso a las lenguas germánicas. Solamente sobrevivió el Latín Eclesiástico, gracias a la religión de la que era órgano de comunicación y con cuyos destinos estaba estrechamente ligado. Es cierto que en el camino se perdió una parte; en la predicación popular, a partir del siglo VII cedió el paso a las lenguas vernáculas; pero todavía podía conservar para sí la Liturgia y la Teología, y en estos campos se desempeñó como una lengua viva.

En la Liturgia, el Latín Eclesiástico muestra su vitalidad por medio de su frugalidad. África está una vez más a la vanguardia, con San Cipriano. Aparte del canto de los Salmos y las lecturas en público, tomadas de la Biblia, que constituían la parte principal de la primitiva liturgia, y que ya conocemos, se manifiesta en un conjunto de oraciones, en su amor por el ritmo, y por los finales bien equilibrados, detalles que iban a perdurar durante siglos hasta la Edad Media como las principales características del Latín litúrgico. A medida que continuaba el proceso de desarrollo, este amor por la armonía llegó a dominar en todas las plegarias; al principio siguieron respetando las reglas de métrica y prosodia, pero el cursus rítmico tomó la delantera entre los siglos IV y VII, y desde el siglo XI hasta el XV.

Como se sabe, el “cursus” consiste en una cierta disposición de las palabras, los acentos, y a veces frases enteras, mediante la cual se produce un agradable efecto modulado. La plegaria del “Angelus” es el ejemplo más simple; contiene los tres tipos de cursus que han de encontrarse en las plegarias del Misal y del Breviario:

• El cursus planus, “nostris infunde

• El cursus tardus, “incarnationem cognovimus

• El cursus velox, “gloriam perducamur”.

Tan grande fue su influencia en el lenguaje, que el cursus pasó de las plegarias de la liturgia a algunos de los sermones de San Leo y otros, a las bulas papales entre los siglos XII y XV, y a muchas cartas escritas en Latín durante la Edad Media.

Además de las plegarias, los himnos conformaban lo más vital dentro de la Liturgia. A partir de San Hilario de Poitiers, a quien San Jerónimo atribuye el más antiguo, hasta León XIII, quien compuso varios, la cantidad de escritores de himnos es muy grande, y sus producciones están fuera de todo cálculo. Basta con decir que estos himnos originados en ritmos populares se basaban en el acento; como regla general, se modelaron en metros clásicos, pero poco a poco el metro cedió ante el compás o la cantidad de sílabas y los acentos. Desde el Renacimiento, el ritmo le cedió el paso otra vez a la métrica, e incluso muchos himnos antiguos fueron retocados, bajo el Papa Urbano VIII, para ponerlos en línea con las reglas de la prosodia clásica.

Además de la liturgia que podemos llamar oficial, y que estaba constituida por las palabras de la Misa, del Breviario, o del Ritual, hay que destacar la riqueza de la literatura referente a una gran variedad de detalles históricos tales como la “Peregrinatio ad Loca sancta”, atribuida antiguamente a Silvia, varias colecciones de rúbricas, órdenes, sacramentarios, ordinarios, u otros libros de orientación religiosa, de los muchos se reeditaron en estos últimos años en Inglaterra, ya sea por personas particulares o bien por la “Surtees´Society” y la “Bradshaw Society”. Pero lo más importante a destacar es el brillante florecimiento litúrgico.

Desarrollo en la Teología

Mucho más amplio y variado es el campo que la Teología le abre al Latín Eclesiástico; tan amplio que tenemos que limitarnos a señalar aquí las fuentes creativas de las que ha dado pruebas el Latín del que hablamos desde el comienzo del estudio de la teología especulativa, es decir, desde los escritos de los antiguos Padres hasta nuestros días.

Más que en ninguna otra parte, aquí ha quedado demostrado cuán capaz ha sido de expresar los más delicados matices del pensamiento teológico, o las sutilezas más agudas del escolasticismo decadente. ¿Hace falta realmente mencionar lo que ha hecho en este campo? La expresión que ha creado, los significados que ha transmitido… ya se conocen plenamente. Mientras que la mayoría de estas expresiones se legitimaron, fueron necesarias y exitosas (transubstantio, forma, materia, individuum, accidens, appetitus), hay muchas otras que muestran un formalismo mundano y vacío, una deplorable indiferencia por la sobriedad de la expresión y por la pureza de la lengua latina (aceitas, futuritio, beatificativum, terminatio, actualitas, haeccitas, etc.). Fue por palabras como estas que la lengua de la Teología se expuso a sí misma a las burlas de Erasmo y de Rabelais, y le trajo el descrédito a un estudio que se merecía mayor consideración.

Con el Renacimiento, las mentes de los hombres se volvieron más difíciles de satisfacer, los lectores cultos no podían ya tolerar un lenguaje tan ajeno al genio de la latinidad clásica que había sido revivida. Se hizo necesario, entonces, incluso para renombrados teólogos (como por ejemplo Melchior Cano, en el prólogo de su obra “Loci Theologi”), levantar sus voces frente a las exigencias de sus lectores y también contra el descuido y la oscuridad de los teólogos anteriores. Así, puede establecerse que aproximadamente por esta época la corrección clásica empezó a encontrar su lugar en el Latín teológico y litúrgico.

Posición actual

A partir de entonces, la corrección iba a ser característica del Latín Eclesiástico. A la terminología consagrada para la expresión de la fe de la Iglesia Católica se agregó como regla aquella precisión gramatical que el Renacimiento nos devolvió. Pero en nuestros tiempos, por varios motivos, algunos de los que surgen por la evolución de los programas educativos, el Latín de la Iglesia ha perdido en cantidad lo que ha ganado en calidad.

Hasta hace poco el Latín ha conservado su lugar en la Liturgia, ya que se consideraba, en el mismo seno de la Iglesia, que era necesario señalar y vigilar esa unidad de creencia en todos los lugares y en todos los tiempos, que era su derecho de nacimiento.

Pero en los himnos devocionales que acompañan al ritual, se emplean sólo las lenguas vernáculas, y estos himnos han ido reemplazando gradualmente a los himnos litúrgicos.

Todos los documentos oficiales de la Iglesia, las Encíclicas, las Bulas, los Resúmenes, las instituciones de los obispos, respuestas de las Congregaciones Romanas, actas de concilios provinciales, etc., todo está escrito en Latín. Pero por supuesto, en estos últimos años las cartas apostólicas solemnes dirigidas a una u otra nación están escritas en la lengua vernácula, y varios documentos diplomáticos se redactan en francés o italiano. En la preparación de la clerecía, la necesidad de discutir modernos sistemas de exégesis o filosóficos, ha llevado casi en todas partes al uso de la lengua nacional. Los manuales de teología dogmática y moral pueden estar escritos en Latín en Italia, España y Francia, pero a menudo, salvo en las universidades romanas, la explicación oral se da en lengua vernácula. En los países hablantes de alemán o inglés la mayoría de estos manuales están en la lengua propia, y casi siempre la explicación se da en estas lenguas.


Ver la primera parte de este artículo: Latín Eclesiástico (1)


Traducido de:

Dégert, A. (1910). Ecclesiastical Latin. The Catholic Encyclopedia. New York: Robert Appleton Company. New Advent

28 jun. 2010

Latín Eclesiástico (1)

Con la expresión “Latín eclesiástico” nos referimos a la lengua latina que se encuentra en los textos oficiales de la Iglesia (la Biblia y la Liturgia) y en las obras de los primeros escritores cristianos occidentales, que se comprometieron en la exposición o defensa de las creencias cristianas.

1. Características

El Latín eclesiástico difiere del Latín clásico especialmente por la introducción de nuevas expresiones y palabras (en la sintaxis y el método literario, los escritores cristianos no son diferentes a otros escritores contemporáneos).

Estas diferencias características se deben al origen y propósito del Latín eclesiástico.

Originalmente el pueblo romano hablaba la antigua lengua del Lacio, conocida como “prisca latinitas”.

En el siglo III a.C. Ennius y otros pocos escritores, preparados en la escuela de los griegos, se propusieron enriquecer la lengua con ornamentos griegos. Este intento fue alentado por las clases cultas de Roma, y era, justamente, a estas clases, a las que se dirigían los poetas, oradores, historiadores y cenáculos literarios.

Así fue que, bajo la influencia combinada de la política y la aristocracia intelectual, se desarrolló el Latín clásico, que llegó hasta nosotros preservado en su mayor pureza en las obras de Cesar y Cicerón.

La masa del pueblo romano, en su rusticidad nativa, permaneció al margen de esta influencia helenizante, y siguió hablando la antigua lengua.

Así sucedió que, después del siglo III a.C., existieron en Roma, al mismo tiempo, dos lenguas o, mejor dicho, dos idiomas: el de los círculos literarios o helenistas (“sermo urbanus”) y el de los iletrados (“sermo vulgaris”), y cuanto más se desarrolló el primero, más aumentó la brecha entre ambos.

Pero a pesar de los esfuerzos de los puristas, las exigencias de la vida diaria ponían a los escritores “cultos” en contacto permanente con la población iletrada, por lo que se veían obligados a entender su lenguaje y, al mismo tiempo, hacerse entender; forzosamente, en la conversación tenían que emplear palabras y expresiones que formaban parte de la lengua vulgar. De esta manera surgió un tercer idioma, el “sermo cotidianus”, una mezcolanza de los otros dos idiomas, que varió en la mixtura de sus ingredientes a lo largo de los distintos periodos de la historia y según la inteligencia de quienes lo utilizaron.

2. Orígenes

El Latín clásico no duró mucho tiempo en el altísimo nivel al que Cicerón lo había llevado. La aristocracia, que era la única que lo hablaba, fue diezmada por la proscripción y la guerra civil, y las familias que ascendieron en la escala social eran principalmente de origen plebeyo o extranjero, y en ningún caso estaban acostumbradas a las delicadezas de la lengua literaria.

La decadencia del Latín clásico comenzó en la era de Augusto, y fue en aumento a medida que terminaba. Como se olvidó la clásica distinción entre la lengua de la prosa y la de la poesía, el Latín literario, hablado o escrito, comenzó a tomar prestado cada vez más libremente del discurso popular.

Ahora bien, fue en esta misma época, cuando la Iglesia se vio en la necesidad de construir un Latín por sí misma, y es esta la razón por la que su Latín tenía que ser distinto al Latín clásico. Pero sin embargo también hubo otras dos razones: antes que nada, el Evangelio tenía que ser difundido a través de la predicación, es decir, por la palabra hablada; y después, los heraldos de las buenas nuevas tenían que construir un lenguaje que llamara la atención no solamente de las clases literarias sino también del pueblo entero. En vista de que buscaban atraer las masas a la nueva Fe, tuvieron que “bajar” a su nivel y emplear un discurso que fuera familiar para sus oyentes.

San Agustín se lo dice muy sinceramente a sus oyentes: “A menudo empleo”, dice, “palabras que no son latinas, y lo hago para que ustedes me entiendan. Es mejor incurrir en la ira de los gramáticos, y no que el pueblo no me entienda” (en Psal. cxxxviii, 90).

Por extraño que pueda parecer, no fue en Roma donde comenzó la construcción del Latín clásico. Hasta mediados del siglo III, la comunidad cristiana de Roma hablaba principalmente el griego. La liturgia se celebraba en griego, y los apologistas y teólogos escribieron en griego hasta la época de San Hipólito (m. 235). Lo mismo ocurría en la Galia, en Lyon y en Vienne, en todos los casos hasta los días posteriores a San Ireneo.

En África, el griego era la lengua elegida por los clérigos, en principio, pero el Latín era la lengua más familiar para la mayoría de los fieles: pronto debió tomar el liderazgo en la Iglesia, a partir de Tertuliano, quien escribió algunas de sus primeras obras en griego pero que terminó empleando solamente el Latín. Y en este uso había sido precedido por el Papa Víctor, también africano, quien, como lo asegura San Jerónimo, fue el más antiguo escritor cristiano en lengua latina.

Pero incluso antes de estos escritores, varias Iglesias locales debieron notar la necesidad de traducir al Latín los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, cuya lectura constituía una parte fundamental de la Liturgia.

Esta necesidad surgió tan pronto como se hizo más numerosa la feligresía que hablaba Latín, y con toda seguridad se sintió primero en África.

Por un tiempo alcanzó con las traducciones orales improvisadas, pero pronto se hicieron necesarias las traducciones escritas. Estas traducciones se multiplicaron. “Es posible enumerar”, dice San Agustín, “a aquellos que han traducido las Escrituras del hebreo al griego, pero no a quienes las han traducido al Latín. En verdad, en los antiguos días de la fe, quienes poseían un manuscrito griego y pensaba que tenía algún conocimiento de ambas lenguas era lo suficientemente osado como para emprender una traducción” (Doctrina Cristiana, II.11).

Desde nuestro presente punto de vista, la multiplicidad de estas traducciones, que estaban destinadas a ejercer una gran influencia en la formación del Latín eclesiástico, ayuda a explicar los muchos coloquialismos que asimiló, y que se encuentran incluso en los más famosos de estos textos, de los que San Agustín dice: “Entre todas las traducciones, es preferible la de Itala, porque su lenguaje es más exacto, y su expresión más clara” (Doctrina Cristiana, II.15).

Si bien es cierto que se han dado varias interpretaciones sobre este pasaje, la más aceptada, en general, es dice que la Itala es la más importante de las recensiones bíblicas de fuentes italianas: data aproximadamente del siglo IV, fue utilizada por San Ambrosio y por los autores italianos de aquella época, se preservó parcialmente en varios manuscritos, y se encuentra hasta en el mismo San Agustín. Con algunas ligeras modificaciones, esta versión de las obras deuterocanónicas del Antiguo Testamento fue incorporada en la “Vulgata”, de San Jerónimo.

3. Elementos provenientes de fuentes africanas

Incluso a este respecto África le había ganado de mano a Italia. Ya en el año 180 se hace mención en las Actas de los Mártires Silicios de una traducción de los Evangelios y de las Epístolas de San Pablo. “En tiempos de Tertuliano”, dice Harnack, “existían traducciones, si no de todos los libros de la Biblia , al menos de un gran número de ellos”. Sin embargo, ninguno de ellos poseía una autoridad predominante, aunque algunos empezaban ya a reclamar un cierto respeto. Así los encontramos a Tertuliano y a San Cipriano utilizándolos de preferencia, como se desprende de la concordancia de sus citas. Lo interesente en estas traducciones hechas por varias manos es que conforman uno de los principales elementos del Latín de la Iglesia : constituyen, por así decirlo, la contribución popular. Se ve en su despreocupación por las inflexiones complicadas, en sus tendencias analíticas, y en las alteraciones debido a la analogía. “Littérateurs” paganos, como dice Arnobius (Adv. Nat., I, xlv-lix), se quejaban, porque estos textos se editaban en un discurso trivial y pobre, con un lenguaje viciado y burdo.

Pero en la formación del Latín de la Iglesia, a la contribución popular hay que agregar la participación de los cristianos más cultos. Si el cristiano común podía traducir las “Actas de Santa Perpetua”, el “Pastor” de Hermas, el “Didache” , y la “Primera Epístola” de Clemente, le tocó a un erudito traducir al Latín el “Acta Pauli” y el tratado “Adversus haereticos”, de San Irenaeus, así como también otras obras que parecen haber sido traducidas en los siglos II y III.

No se sabe a qué países pertenecían estos traductores, pero, en el caso de las obras originales, África encabeza la lista con Tertuliano, que justamente se considera el creador de la lengua de la Iglesia.

Nacido en Cartago, estudió y quizás también enseñó retórica en aquel lugar: estudió leyes, y adquirió una vasta erudición; se convirtió al Cristianismo, fue elevado al sacerdocio, y puso al servicio de la Fe un ardiente celo y una poderosa elocuencia, de lo que dan fe la cantidad y el carácter de sus obras.

Trató los más diversos temas: la apologética, la polémica, el dogma, la disciplina, la exégesis. Tenía que expresar una serie de ideas que la simple fe de las comunidades occidentales todavía no había comprendido. Con su ardiente temperamento, su rigidez doctrinal, y su desdén por los cánones literarios, nunca dudó en utilizar la palabra puntual, la frase del día a día.

De ahí la maravillosa exactitud de su estilo, su incansable vigor y su alto relieve, los enérgicos tonos semejantes a palabras arrojadas impetuosamente: de ahí, sobre todo, la riqueza de expresiones y palabras, muchas de las cuales llegan por primera vez al Latín eclesiástico y quedan allí para siempre.

Algunas de estas palabras son griegas disfrazadas de Latín: baptisma, carisma, extasis, idolatria, prophetia, mártir, etc.; a otras, se les da una terminación latina: daemonium, allegorizare, Paracletus, etc.; otras son términos legales o palabras latinas utilizadas en un nuevo sentido: ablutio, gratia, sacramentum, saeculum, persecutor, peccator. La mayor parte son palabras completamente nuevas, pero derivan de fuentes latinas y, por lo general, con una inflexión según las reglas comunes que afectan a palabras análogas: annunciatio, concupiscentia, christianismus, coeaeternus, compatibilis, trinitas, vivificare, etc.

Muchas de estas nuevas palabras (más de 850) ya no existen, pero una gran parte todavía se encuentra en el uso eclesiástico; son principalmente aquellas que satisfacen la necesidad de expresar estrictamente las ideas cristianas. Tampoco es cierto que todas deban su origen a Tertuliano, pero antes de su época no se encuentran en los textos que nos han llegado, y muy a menudo es el mismo Tertuliano quien las ha naturalizado en la terminología cristiana.

El rol de San Cipriano en la construcción de la lengua fue menos importante. El famoso obispo de Cartago nunca perdió ese respeto por la tradición clásica que había heredado con su educación y su anterior profesión de retórico; conservó esta preocupación por el estilo, lo que lo llevó a la práctica de métodos literarios tan caros para los retóricos de su época. Su lenguaje lo muestra incluso cuando habla sobre temas cristianos.

Aparte de su imitación (más bien cautelosa) del vocabulario de Tertuliano, encontramos en sus escritos no más de sesenta palabras nuevas, unos pocos helenismos (apostata, gazophylacium), unas pocas palabras o frases populares (magnolia, mammona), u otras formadas por inflexiones agregadas (apostatare, clarificatio).

En el caso de San Agustín, fueron sus sermones dirigidos al pueblo los que contribuyeron en mayor medida al Latín eclesiástico, y nos lo presenta en su mejor forma; porque, a pesar de su afirmación de que no le importa en absoluto las burlas de los gramáticos, sus estudios de juventud conservan una dependencia demasiado fuerte como para permitirle su salida del discurso clásico más de lo que fuera estrictamente necesario. Fue el primero en encontrar una falla en el uso de ciertas palabras de uso común en la época, como por ejemplo “dolus” por “dolor”, “effloriet” por “florebit”, “ossum” por “os”. El lenguaje que utiliza incluye, además de una gran parte de Latín clásico, y el Latín eclesiástico de Tertuliano y San Cipriano, préstamos del habla popular de sus días (incantare, falsidicus, tantillus, cordatus), y algunas palabras nuevas o palabras con nuevos sentidos: spiritualis, adorador, beatificus, adeficare (edificar), inflatio, (orgullo), reatus (culpa), etc.

Consideramos que es inútil proseguir esta investigación en el ámbito de las inscripciones cristianas y las obras de Victor de Vito, el último de estos escritores latinos, ya que solo vamos a encontrar un Latín peculiar para ciertos individuos, más que el adoptado por cualquiera de las comunidades cristianas. Tampoco hay que detenerse en los africanismos, es decir, las características particulares de los escritores africanos. La misma existencia de estas características, antiguamente sostenida tan fuertemente por muchos filólogos, hoy en día está cuestionada en general. En las obras de varios de estos escritores africanos encontramos un marcado gusto por el énfasis, la aliteración y el ritmo, pero se trata de cuestiones que afectan más bien al estilo y no al vocabulario. Lo más que se puede decir es que los escritores africanos dan cuenta más del Latín como se hablaba (sermo cotidianus), pero su discurso no era una peculiaridad de África.
Ver la segunda parte de este artículo: Latín Eclesiástico (2)

Fuente (traducido de):

Dégert, A. (1910). Ecclesiastical Latin. In The Catholic Encyclopedia. New York: Robert Appleton Company.
véase el art. original en: The Catholic Encyclopedia